Aprender a familiarizarnos con las pérdidas en un mundo en donde éstas son inminentes es indispensable. Tal vez no nos evite el dolor pero sí nos ayuda a hacer más soportable el quebranto, a transitar más fácilmente el camino del desapego y la aceptación que necesitamos para no caer en ese sufrimiento en el que nos sume la mente automáticamente cuando la vida nos sorprende quitándonos algo. O cuando parece que nos lo quitara.

Cuando escucho a alguien decir “no me imagino mi vida sin esa persona” imaginando el escenario de la muerte de alguien que ama, yo pienso inmediatamente en mi hijo. E inmediatamente entro en el mismo estado de negación. Porque tampoco me imagino mi vida sin su presencia física, y eso es negación. En una época pensaba que si mencionaba este tema (el de la muerte de un ser querido) o al menos le daba espacio en mi mente estaba “llamando” inconscientemente esa posibilidad, inconcebible para mi. Hay dolores del alma que uno sabe que son inevitables y por lo mismo prefiere aplazar su encuentro con ellos.

Entonces pienso en las personas que han experimentado ese tipo de pérdidas y me pregunto cómo pudieron sobrevivirlo. La muerte es la pérdida más difícil de comprender por la mente, de todas las perdidas materiales que se experimentan en la vida física. A veces me pregunto por qué nos preocupamos tanto por prepararnos para tener bienes, poder, dinero, estatus, influencia, relaciones y nos interesa tan poco – al menos a la mayoría – prepararnos a aprender a lidiar con la ausencia de eso que nos brinda tanto placer, que nos ha costado tanto lograr u obtener o con la falta de esas relaciones que establecimos. Tal vez es por ese mismo tipo de negación del que les mencioné ahora o tal vez es ingenuidad.

Uno de mis primeros cuestionamientos sobre el funcionamiento del universo fue ese: ¿Qué sentido tiene querer tanto si en algún momento la vida te va a arrebatar el objeto de tu amor? No hay nada perdurable en este mundo, lo sabemos, lo decimos pero no vivimos en consecuencia. No sabemos qué hacer con lo único cierto e inevitable de nuestra impermanencia en el mundo, las perdidas. Pero es precisamente en esa impermanencia donde está la respuesta a nuestra pregunta de cómo sobrellevarlas. Si desde el mismo momento en que llegan a nuestras vidas nos hiciéramos a la idea de que cada persona, relación, cargo laboral, posición social se va a tener que ir, de pronto viviríamos la vida diferente. Y ustedes pueden pensar que tal vez sería una vida más triste, yo asumo todo lo contrario. Porque sabríamos que no hay tiempo para desperdiciar en los conflictos con los demás, es más, respetaríamos las diferencias porque ya no veríamos en ellos una amenaza contra nosotros sino la expresión de su esencia y de la identidad que han construido. Seríamos más compasivos con su forma de ver el mundo, con sus experiencias de vida, con sus heridas. Perdonaríamos más fácilmente sus equivocaciones porque para qué imponernos sobre ellos si nuestro tiempo juntos es tan valioso ya que no es para siempre. Sabríamos en qué momento deberíamos irnos de un trabajo, proyecto o lugar para darle paso a la persona siguiente y así nosotros podríamos seguir nuestro camino porque es tan corta la vida que no vale la pena quedarnos estancados, ni física ni emocionalmente. Apreciaríamos más lo que hay, nos cuidaríamos más unos a otros, no habría tanto espacio para quejarnos y lamentarnos.

La muerte no tiene que ser un fantasma que nos ronda para torturarnos y opacar nuestra alegría. La muerte podría ser el recordatorio de que es un deber disfrutar con respeto y desapego nuestra experiencia terrenal. ¿Para qué quitarles a otros? ¿para qué querer ganarles o “estar por encima de ellos”? ¿qué sentido tendría ambicionar lo que no nos pertenece y no nos ha pertenecido y por lo mismo, no se puede retener? La vida no nos quita, hay para todos. Si parece que nos quitara es porque no hemos entendido que es antinatural quitarles a otros, apropiarnos, detener y aprisionar. Entonces no veríamos las pérdidas lo que hemos llamado pérdidas porque todo es un préstamo, un regalo, una parte del ciclo que completaremos algún día. ¿Nos dolerían? tal vez, pero la gratitud por la presencia de aquello que un día pudimos disfrutar nos mantendría en el estado emocional que nos evita el sufrimiento. No necesitamos sufrir, necesitamos entender, aceptar, agradecer y devolverle a la vida constantemente lo que nos da. ¿Qué pasará con nuestros seres queridos cuando ya no podamos disfrutar de su presencia física? creo que entrar y permanecer en estado de desapego con amor y gratitud no da espacio para el egoísmo y es precisamente el egoísmo el que no nos deja ver más allá. El que no nos deja ver que lo que nos duele es la ausencia física de quien amamos y el que no nos deja notar la presencia de los que queremos, dentro de nosotros, en forma de ese amor que contrario a las formas materiales, no tiene fin.