La primera trampa del miedo es que no nos demos cuenta de que está ahí conviviendo con nosotros día y noche. La segunda es hacernos creer que es real y la tercera – que se deriva de la anterior – es que estemos convencidos de que como no tenemos nada que ver con su existencia no podemos hacer nada para eliminarlo.

 

Como cuando dejamos abiertas al mismo tiempo varias pantallas de nuestro computador o de nuestros teléfonos, el miedo está ahí todo el tiempo en segundo plano esperando a manifesarse. Hay detonantes que lo despiertan pero si no pasa nada que lo active, él de todas maneras se las arregla para salir. Se planta, se sienta a esperar, se acomoda a observar y cuando algo afuera conecta con alguna emoción reconocida por nuestro cerebro, ese miedo activa el pensamiento que lo hace consciente. Como sucede tan rápido no nos damos cuenta del proceso, solo del resultado: el bloqueo físico, el nudo en la garganta, el apretón en el pecho, la punzada en el estómago. A cada uno se nos manifiesta distinto.

Pero ¿cuál es la finalidad? ¿protegernos? ¿de qué? Si hay algo de lo que nos tenemos que proteger es de nuestros propios pensamientos. Su principal finalidad es seguir existiendo y como el lugar en el que habita es nuestra mente necesita asegurarse su permanencia. Su “As” bajo la manga es mostrarse de diferentes formas para que parezca que son muchos y no uno solo, pero solo tenemos un miedo, lo podemos llamar como queramos pero surge de creer que no podemos, que no somos capaces, que somos débiles y desvalidos y por eso amenaza a nuestras vidas y nuestro valor.

Como cuando jugábamos de niños y nos inventábamos historias, personajes y mundos imaginarios, el miedo es una fabricación de nuestra mente a partir de lo que nos transmite nuestra familia, nuestra cultura, a partir también de las memorias que tenemos de nuestras experiencias pasadas y de la manera en que nos percibimos y percibimos el mundo.

Tener claro que un miedo es una sensación fabricada desde la mente que aparentemente nos anuncia o previene sobre un hecho que no ha ocurrido y que no necesariamente va a ocurrir y que tenemos la capacidad de neutralizarlo es el primer paso para desactivarlo, el segundo es descubrir nuestros pensamientos que le dan vida y validez, el tercero es conectarnos con nuestra fuerza interior y creer en ella.

No usamos nuestro poder interior todavía totalmente a nuestro beneficio de manera consciente, usamos nuestro poder de forma automática. El miedo surge de manera automática, los pensamientos se pueden controlar. Las preguntas más útiles entonces son ¿qué genera mi miedo? ese que después se manifiesta de distintas formas y ¿cuáles son esas formas en las que se manifiesta? ¿cuándo empecé a sentir ese miedo y qué pensamientos le dan fuerza? Conoce tus miedos, después podrás enfrentarte con ellos. A veces necesitáremos ayuda de otros, tal vez encontremos alguna técnica que sea muy efectiva pero siempre debemos contar con nosotros mismos.

En cualquier caso te dejo unas palabras mágicas: “Yo tengo la capacidad de transformar todo lo que he inventado, yo tengo la libertad de cambiar mis creencias, yo tengo la fuerza para salvarme ¡yo puedo! Y no estoy solo en esto, jamás estoy solo.