Tenía 19 años cuando dejé todo lo que tenía: comida, techo, comodidades, mi sustento económico y mi familia. No fue una decisión difícil de tomar porque mi estabilidad emocional, mi libertad y mi tranquilidad dependían de ella pero sí fue un paso muy difícil de dar porque me estaba aventurando a un futuro del que no sabía nada y sin absolutamente nada que me asegurara que las cosas para mí iban a estar mejor afuera.

A pesar de mis miedos, el mundo me estaba sosteniendo el día inmediatamente después. Se puede decir que me había quedado sin nada pero por primera vez sentí paz, entonces supe que la paz no estaba afuera, era un estado mental al que yo tenía acceso si aprendía algunas lecciones que la vida me iba a empezar a enseñar. Por fortuna el camino para reconocerla y encontrarla en donde ella permanece (la mente) viene acompañado de un ejército de almas que no siempre te lo hacen más fácil pero que sí se aseguran de que des los pasos que necesitas para recuperarla. Todas esas lecciones han valido la pena porque la paz no te da la felicidad, la paz es la felicidad.

Estamos cerca de celebrar el día internacional de la paz y me invitaron no solo a escribir sobre lo que considero es una de las características más esquivas que todos tenemos sino que también me invitaron a participar en un evento que pretende que millones de personas en el mundo al mismo tiempo alcancen ese estado sin tener que sentir que tuvieron que perder nada para lograrlo, como me paso a mí hace 27 años. Este es mi primer compromiso: el artículo y decidí compartir en él las enseñanzas más importantes que he recibido sobre la paz.

La paz no está afuera, hay que buscarla adentro pero para hacerlo hay que estar dispuesto a hacer renuncias, una de ellas la necesidad de tener la razón. Para conseguirla hay que estar dispuesto a entregar las armas (que a veces no son armas físicas, también se presentan en forma de reproches, quejas, peleas y juicios), es imposible lograrla sin perdonar y a la primera persona que hay que perdonar es a uno mismo.

Será por eso que se dice que la paz es muy valiosa y que hay que pagar un precio muy alto por conservarla. La paz no se consigue, ni siquiera se construye, es un estado mental que existe debajo de todos los miedos que inventamos para no verla y detrás de todas las razones que nos damos para ignorarla y nos pertenece a todos. No es posible que algunos de nosotros estemos en paz y otros no, es un deber reconocerla primero en nosotros y luego irradiarla a los demás, contagiarla, compartirla, mostrársela a los que no la han visto, regalársela a los que se sienten perdidos, solamente así podremos conservarla. Y finalmente, se debe estar dispuesto a reconocer en cada experiencia vivida, por muy perturbadora que sea, una oportunidad para escogerla a ella por encima de todo y a favor de todos, no importa si creemos que se la merecen o no. Así llego a mi segundo compromiso, esta propuesta: que tal si millones de personas, aunque sea por una hora de sus vidas, se concentraran en su propia paz interior al mismo tiempo. Es tan poderosa esa energía que no hay que hacer nada más, solo entrar en ella y dejar que ella haga el resto, extenderse, llegar a esas mentes y esos corazones desapercibidos y de pronto atribulados que nunca la han podido disfrutar. Si quieres ser parte de esas personas que quieren meditar por la paz te invito a que entres a este espacio https://heartfulness.org/en/international-day-of-peace/ y formes parte de esta iniciativa el 21 de septiembre a las 9 pm.  Y si te gusta, vuélvelo una práctica diaria, tal vez logremos que la celebración por la paz sea de todos los días.

¿Yo estoy conectada por la paz y tú?

¡Un abrazo!