Todo, Todo, todo, absolutamente todo lo que me he atrevido a juzgar sobre alguien, se convierte en mi realidad. No estoy exagerando, no estoy mintiendo y no pretendo asustarte. Tienes permiso de burlarte de lo que te estoy diciendo pero se te puede devolver y no es una maldición, es una advertencia. Sería un buen chiste si no fuera porque es cierto y vivirlo no es una experiencia agradable, para nada.

¿Recuerdas la típica escena de la película en la que uno de los personajes va caminando por la calle con un helado en la mano, ve que alguien que va muy bien vestido pisa un charco y se ensucia mientras lanza un “Madrazo”, este personaje se revienta de risa por ver la mala suerte del otro e inmediatamente después, a él se le cae el helado? Pues pasa en la vida real solo que no es tan gracioso, sucede siempre y le ocurre sin excepción al personaje que se ríe – o que critica al otro si variamos la escena – y me atrevo a afirmar que la circunstancia que se repite es exactamente la misma.

Yo no me había percatado de esa situación hasta que empecé a observar con detenimiento que cada suceso desafortunado que yo tenía era exactamente e igual a uno que yo en algún momento me había atrevido a cuestionarle a otra persona. Puedo hacerte una lista larga de sucesos pero como no puedo probarte ahora que lo que digo es cierto y no es tampoco la intención de este artículo, a cambio te voy a pedir que hagas un examen rápido de conciencia, vayas a solo un hecho desagradable que te haya ocurrido recientemente e intentes recordar a quién viste en la misma situación antes que tú y cómo te portaste en ese momento, qué pensaste sobre esa persona y qué comentarios hiciste sobre él o ella. Estoy segura de que encontrarás conexión y mi principal fundamento es sencillo, a todos nos suceden las mismas cosas. Punto.

Algunos lo llaman karma, otros mala suerte o simples coincidencias, yo estoy convencida de que una de las formas  – no la más reconfortante pero sí muy efectiva – de hacer empatía con el otro es viviendo exactamente eso que él vive para así poder darnos cuenta de las penas que lleva su corazón, las luchas internas que tiene que librar y la dificultad de sus propias experiencias, para verdaderamente ponernos en sus zapatos.

Y eso sigue pasando para ayudarnos a nosotros a ser más compasivos con el otro y a ver en nuestras propias pruebas, iguales a las de ellos, una oportunidad para tomar decisiones distintas, esas que nosotros esperamos de ellos y condenamos tanto cuando no se ajustan a nuestras creencias. Cuando yo me di cuenta de esto, después de una experiencia muy dolorosa que nunca hubiera deseado tener – que jamás se la deseo a alguien más- entendí, con dolor, con vergüenza, que cada palabra dura contra otros, cada actitud egoísta hacia ellos era un acto de injusticia y desamor con ellos y por lo tanto conmigo y tarde o temprano se termina convirtiendo  en un peso más que yo le aumentaba a mis propias cargas emocionales.

Estar en la posición del que observa la vida del otro no solamente es fácil sino morbosa. Observarlo, hablar del otro, criticar sus decisiones, su aspecto, sus equivocaciones, hacer hipótesis de cómo sería su vida si no hubiera renunciado a un trabajo, si se hubiera enamorado de otra persona, si bajara o subiera de peso, si invirtiera su dinero en otras cosas o no lo malgastara, si tomara menos, si fuera más ordenado es una atribución que muchos nos tomamos en nuestra arrogancia de creernos perfectos o mejores que los demás. Soy consciente de eso ahora, y aunque no hablo mucho de este tema, aprendí bien mi lección. Cuando me siento tentada a lanzar una condena contra otra persona me recuerdo que no me gustaría pasar por lo mismo, que no sé por qué esta persona está pasando por esta situación, que no me corresponde lapidarla y mejor guardo silencio. Si ya la lapidé pido perdón, te de risa, te parezca robot o increíble, le pido perdón a esa persona en mi mente pero ya no por miedo a que me suceda lo mismo sino porque de esa forma siento que le sirvo de apoyo silencioso a transitar esa vía difícil por la que está pasando y de paso la voy transitando yo con ella, sin tenerla que vivir yo también, si al final, a todos nos suceden las mismas cosas.